CARNAVAL
Cuando uno es niño, todos los disfraces son permitidos. Todas las máscaras. Todos los "dale que...". Y entonces, el mundo se transforma en un inconmensurable escenario en el que podemos ser lo que deseemos. Es más: este ejercicio lúdico se vuelve la práctica más eficaz e inocente para decidir nuestros destinos futuros. Podemos probar, ensayar, equivocarnos y volver a comenzar para ser otros. Si antes fuimos los malvados ladrones, ahora podremos devenir en hadas maravillosas y plenas de bondad capaces de lograr lo inimaginable. Si nos impresionó la posibilidad de ser médicos, elegimos ser maestros sin más riesgo que las huellas blancas de la tiza por toda nuestra ropa. ¡Qué lindo fue todo aquello! Es muy difícil considerar que una infancia está completa sin este aspecto tan ingenuo y enriquecedor del juego. El dilema más crucial es determinar cuándo termina. Últimamente se ha abogado excesivamente a favor de lo lúdico en la vida adulta y tal vez esto haya confundido a muchos...