CARNAVAL
Cuando uno es niño, todos los disfraces son permitidos. Todas las máscaras. Todos los "dale que...". Y entonces, el mundo se transforma en un inconmensurable escenario en el que podemos ser lo que deseemos.
Es más: este ejercicio lúdico se vuelve la práctica más eficaz e inocente para decidir nuestros destinos futuros. Podemos probar, ensayar, equivocarnos y volver a comenzar para ser otros.
Si antes fuimos los malvados ladrones, ahora podremos devenir en hadas maravillosas y plenas de bondad capaces de lograr lo inimaginable. Si nos impresionó la posibilidad de ser médicos, elegimos ser maestros sin más riesgo que las huellas blancas de la tiza por toda nuestra ropa.
¡Qué lindo fue todo aquello!
Es muy difícil considerar que una infancia está completa sin este aspecto tan ingenuo y enriquecedor del juego.
El dilema más crucial es determinar cuándo termina.
Últimamente se ha abogado excesivamente a favor de lo lúdico en la vida adulta y tal vez esto haya confundido a muchos pensando que jamás deberían abandonarlo: se ha llegado a confundir al juego con la esperanza, con las utopías, con los sueños capaces de ser realizados. Error.
Mayoría de seres maduros (¿?) que nos rodean no se animan a vivir; no pueden enfrentar las pesadas responsabilidades del diario existir, no tienen la fuerza de concretar sus planes de trabajo, de estudio, de sacrificio y entrega en sus relaciones familiares y sociales. Temen a la rutina.
¿Qué hacen entonces? Se vuelven a disfrazar
.
Y empiezan ¿dale que vos sos mi paciente y yo juego a que te curo con las manos?
¿Dale que querés ser feliz y yo te adivino el porvenir? ¿Dale que querés aprender algo y yo te enseño aunque nunca me recibí de docente? ¿Dale que te doy consejos para superar ese problema y no soy terapeuta? ¿Dale que me postulo como político y no sé nada de gestión, economía o administración? ¿Dale que escribo y no me importa si plagio a otros escritores? ¿Dale que hablo sobre espiritualidad y sigo siendo una mala persona sin tolerancia ni amor hacia los demás?
¿Dale que querés mejorar tu calidad de vida y yo te indico cómo hacerlo sin ser nutricionista? ¿Dale que soy músico y nunca pude tocar bien un instrumento? ¿Dale que digo que soy un mecenas y no tengo conceptos estéticos? ¿Dale que te quiero vender un terreno y éste no tiene dueño?¿Dale, dale? ¿Si?
Complicadas máscaras las de la actualidad. Se hace muy difícil demostrarles a nuestros hijos cuál es el verdadero rostro: el de la honorabilidad, el de la idoneidad, el de la responsabilidad, el de la espiritualidad, el de la generosidad, el de la dignidad.....
Sólo ven que los rodea un enorme carnaval, ruidoso y confuso, donde nadie es lo que dice ser...

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