El regalo de Beatriz


Aquellos primeros tiempos en Merlo estuvieron signados por la vida sencilla. Nuestra casa fue planeada en dos etapas para poder instalarnos en ella, de tal manera que en principio constaba de un living-comedor, cocina , baño y un entrepiso que oficiaba de habitación de nuestra hija, mientras que nosotros habíamos ubicado nuestra cama en el living, hasta poder construir las habitaciones definitivas 

Claro está que el hermoso piano de nuestra hija ocupaba gran parte de ese living/habitación, así que las clases que ella recibía llenaban de bellos sonidos nuestro pequeño hogar y embellecian el dormitorio, quitándole toda sensación de estrechez posible.

Beatriz era una profesora de piano  exigente pero a la vez una mujer muy dulce y espiritual que adoraba a nuestra hija. Residía en Buenos Aires pero poseía una cuidada casa quinta en Carpintería con varias hectáreas de terreno a la que mantenía un matrimonio de caseros. Sola en el mundo, ya que su esposo había fallecido, no tenía hijos y no solía nombrar a otros familiares cercanos. Iba y venía con frecuencia desde y hacia su departamento porteño.

Solíamos ir a buscarla para que viniera a darle clases a nuestra hija y algunas veces se quedaba a cenar con nosotros deleitándonos con charlas musicales o sobre arte en general.

No fue mucho el tiempo transcurrido para que Beatriz nos tomara como parte de sus afectos cercanos porque nos lo hacía saber con sus llamadas cuando llegaba de viaje o alguna invitación a tomar el té en su casa de Carpintería. Nos contaba que adoraba llegar en cualquier época y sumergirse en el agua helada de su piscina, aunque no fuera verano, práctica que nos resultaba por demás exótica pensando además que Beatriz era ya una mujer madura.

Una mañana no muy lejana de aquel  momento en que Beatriz comenzara sus clases de piano en casa, alguien golpea las manos en la tranquera: era un conocido agrimensor con una carpeta en sus manos. Rápidamente nos explica que Beatriz había firmado esos papeles y nos quería donar una hectárea de su casa de Carpintería. Cuál no sería nuestra sorpresa ante tamaño gesto!! La desproporción de esa actitud en comparación con nuestros mutuos conocimiento y confianza, nos dejó atónitos y lo único que pudimos atinar fue a despedir al agrimensor con una negativa rotunda, agradeciéndole sin siquiera haberle abierto la tranquera.

Por supuesto la charla telefónica posterior con Beatriz no fue muy amable de su parte porque se sintió absolutamente decepcionada con nuestra inapelable decisión y ya no hubo más tiempo para futuras clases de piano o visitas. La relación se fue enfriando y un día nos avisó que dejaba un libro de regalo para nuestra hija sobre Leonardo Da Vinci en un lugar de Merlo común a ambos.

No la vimos más por bastante tiempo, pero un amigo que le llevaba el pan integral casero a su casa se enteró que había fallecido por una neumonía (un baño helado en su piscina, tal vez?), y nos lo contó compartiendo nuestra tristeza.

No fue el único evento con trazos curiosos que nos dió esta ciudad tan particular, pero sin dudas la corta relación con Beatriz a veces nos hace recordarla con ternura, pensando en cuál habrá sido la expectativa desmedida que había depositado en nosotros para considerarnos dignos de su generosidad. 

Tal vez nuestra escala de valores no era la que ella suponía o esperaba, pero sin lugar a dudas la necesidad de afecto a veces nos confunde, al creer que todos somos posibles candidatos a entregarlo a cambio de una dádiva.


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