Cuarta Edad


 Hace poco me compartieron un video que hablaba de la "Cuarta Edad", es decir ese momento en que ya no estamos físicamente en esta tierra, pero nuestra historia, nuestro recuerdo, nuestra esencia están vivos en quienes nos sobreviven, en el tiempo sin tiempo en que nuestros sucesores nos evoquen.

Y ese concepto entonces me disparó estas notas, estas sencillas reflexiones que nacieron de algunas noches de desvelo, irritada a veces, nostálgica otras, descorazonada unas cuantas. 

Es necesario esperar siempre la devolución, el justo pago hacia lo que creímos fueron buenas acciones en el curso de nuestras vidas, o simplemente hay que respirar, hay que correr por piedras y laderas fluyendo sin descanso?

Si el esfuerzo es un valor acreditable en la columna del "bien", nosotros dos, Carlos y yo trabajamos desde muy jóvenes en lo que serían nuestras profesiones el resto de nuestra vida, y fuimos archivando carpetas llenas de certificados, diplomas, y en el caso de Carlos, además muchos premios al mérito. Su carpeta en realidad, es una mía muy antigua, en la que llevaba mis trabajos a la Escuela de Bellas Artes. Y está tan repleta que hay que levantarla con esfuerzo.

Carlos salvó vidas y arriesgó la suya en infinidad de incendios y yo recorrí muchas aulas dictando clases.  

Ambos completamos nuestras carreras universitarias ya siendo padres, y esos pasos nos hicieron crecer en autoestima, pero también nos obligaron a tener más de un empleo a la vez en muchas ocasiones. 

Hicimos dos casas con nuestras propias manos, paso a paso, peso a peso, y no nos incomodó vivir varias temporadas achicando pretensiones hasta poder, lentamente y con sacrificios, alegrarnos por los cambios que fuimos produciendo. 

Cambiamos de horizontes aún a costa de recomenzar. Nuevo hogar desde cero, expectativa de nuevos empleos desde cero, el desafío de reinventarnos aunque nada más que nuestros sueños nos obligaba a dejar la comodidad de nuestra hermosa casa de Buenos Aires. Nuestros amigos se iban a Miami en los '90s mientras nosotros íbamos depositando los ahorros del segundo empleo de Carlos para comprar el terreno y luego comenzar a construir.

A esta nueva tierra le dimos todo lo que pudimos desinteresadamente, agradecidos por habernos recibido: fuimos participativos para conservar sus tesoros naturales, ofrecimos sin esperar nada a cambio nuestros conocimientos para ayudar solidariamente en las instituciones, nos capacitamos y fuimos retribuídos con buenos cargos en las universidades de la provincia. Trabajamos sin descanso aún habiendo venido a este lugar más allá de los cuarenta años. Carlos no dejó de ser convocado para capacitar a los bomberos voluntarios años tras año, y siempre lo hizo con alegría y el placer del voluntariado. Por dos años en mi caso, también en forma ad honorem, llevé adelante con otras docentes un proyecto para apoyar a los alumnos en últimos años del secundario en su ingreso a la universidad, recibiendo la satisfacción del agradecimiento de esos jóvenes maravillosos.

Para dictar nuestras clases en las universidades tanto Carlos como yo viajamos varias veces por semana 200 km de ida y 200 km de vuelta, y lo hicimos con amor y convicción.

Ninguna sirena cantó en nuestros oídos para hacernos cambiar el rumbo de esta nave que fue nuestra familia. Ni cuando fuimos dos, ni mucho menos cuando nuestra hija estaba ya con nosotros. A veces es fácil cuando no hay ninguna música sonando, pero en muchas ocasiones, bien merecido por su capacidad, Carlos podría haber sido tentado por los distintos poderes circunstanciales. Algunas anécdotas para recordar en las que sus "emisarios" se fueron tal como vinieron de nuestra casa, sin haber obtenido el sí deseado, quedan en el historial de nuestra familia.

Siempre fuimos inflexibles en nuestros valores, aquellos que nos unieron a los veintitantos siguen intactos, y ello tal vez nos haya hecho parecer antipáticos a algunos ojos más "volubles". Vivimos una vida en intimidad, disfrutando del canto de los pájaros y del cambio de tonalidades en la sierra, pero somos celosos conservadores de estas pequeñas cosas.

A veces, el entorno nos devolvió miradas esquivas o palabras desafinadas, pero pensándolo bien, tal vez haya sido porque no supieron juzgar con certeza la agudez de nuestro juicio cuando las acciones no se correspondían con el buen comportamiento o la sensata convivencia. 

De todas formas, siempre hay un espejo que devuelve la verdadera imagen de nosotros mismos, y ese espejo son los ojos de nuestros hijos.


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