Roberto
"...el rosal tampoco existe y es seguro que se ha muerto al irte tú"
Cuando llegamos Roberto ya vivía casa de por medio con nosotros, en un amplio chalet de ladrillo a la vista, solamente junto a su madre. Nunca intercambiamos con él más que algunos saludos y unas pocas palabras, porque su mundo se reducía a esa compañía que llenaba sus días.
Sin embargo lo que siempre asombraba a quienes residíamos y a los turistas que pasaban ocasionalmente era su maravilloso jardín poblado de rosales rojos, rosas y blancos que trepaban por el cerco, un hermoso pino gris en la entrada, y las diferentes flores multicolores de estación que enmarcaban toda su casa, dándole el tono que imponía la estación y la generosidad de la naturaleza. Roberto charlaba en voz baja con su madre y a veces solo se oía el ruido de la tijera de podar o el del agua que salía de la manguera mientras regaba su jardín.
Un día supimos que su mamá dejó este mundo, y a partir de entonces pudimos notar que amurado al primer escalón de la entrada a la casa se destacaba un prolijo cartel que decía "Doña Rosa".
Algunos amigos y conocidos lo visitaban o saludaban cuando estaban de paso por la Villa, pero nunca permanecían más que un par de días o quizá unas horas, y entonces el transcurrir de los días de Roberto se componía de un paseo diario y matinal por el pueblo para hacer algunas compras entre las que se destacaban su parada en la chocolatería y en el kiosco de diarios. Regresaba al mediodía al comienzo en una combi demasiado amplia para su soledad, luego en un moderno auto y más adelante con el paso de los años, simplemente en el colectivo urbano.
Su mundo se reducía más y más a esos rituales a los que se continuaba atando sin estridencias ni exageraciones, hasta que en algunas primaveras o veranos comenzamos a notar la visita de una dama de su edad, delgada y frágil que amaba recorrer el jardín y las callecitas del barrio de la mano de Roberto. ¡Cómo nos alegraba ver estas pinceladas de color ocasionales y qué distinto se lo notaba! Pero claro, nunca duraban lo suficiente para ser permanentes....
Repentinamente, y casi preanunciando lo que luego sucedería, apareció una visita que esta vez sí se repetiría hasta establecerse. Nuestro vecino en común nos comentó que Roberto, en sus años en la zona sur del conurbano bonaerense poseía acciones en una compañía muy conocida de colectivos, y que estos conocidos que casi se habían instalado en su casa eran otro accionista amigo y su familia.
La estridencia poco común de risas y música comenzó a repetirse en la casa de Roberto, y hasta pudimos notar algunas reformas de construcción, según supimos para alojar a estos invitados.
Y repentinamente, gritos de enojo, (hasta un tiro al aire, dijo alguien), discusiones, y la familia que se va a vivir a alguna casa construida en el pueblo, pero alejada de la de Roberto.
La soledad regresa con el silencio a la vida de Roberto. El tiempo se desliza suavemente, y solo algunas veces lo escuchábamos hablar de fútbol, de su Quilmes amado, con algún turista pasajero que alquilara la cabaña de al lado. Su introversión creció con su edad, y muy rara vez nos saludaba. Casi diríamos que nos evitaba, como a toda persona que se le cruzara.
Una noche, suena el teléfono, y nuestra vecina en común desesperada: "¡Roberto prendió fuego la casa!". Así era: las llamas salían de las ventanas, el humo invadía el barrio, y Roberto muy calmo, paradito en la puerta, respondiendo a nuestras preguntas solamente con: "...un accidente eléctrico...". Los bomberos y los vecinos apagamos el fuego, pero no pudimos evitar que la semi destrucción de la casa impidiera que Roberto volviera a habitarla. Esa noche, nos dijeron, acción social lo alojó en un hotel.
Al día siguiente, su viejo compañero accionista se hizo presente junto al jefe de bomberos y seguramente a alguna autoridad policial, y podíamos escuchar desde casa el relato magnificado del "estado mental" de Roberto. Hasta un arma bajo la almohada, decía que tenía....Las miradas de las autoridades delataban la credibilidad que daban al relato , y asentían demudados con sus cabezas.
En los días sucesivos este hombre y su familia comenzaron la reconstrucción de la casa "Doña Rosa", cuyo cartel parece relucir más que nunca, frente a la desolación.
Roberto fue internado en un neuropsiquiátrico, nos dijeron.
No puedo contarles nada más porque el silencio volvió a ser total; lo que les puedo asegurar es que de las rosas, las flores y el jardín, ya no queda nada, como de aquel Roberto que las cuidaba con amor y esmero en cada estación del año.

Muchas gracias, José!
ResponderEliminarPerdón: Jorge.
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